Apuntes sobre Beethoven
I. El significado de Beethoven
A Spengler pertenece la gloria de haber sido el primero en reclamar, para el arte de la música, el papel que le corresponde como valor espiritual en la historia de la cultura humana.[1] Bien podemos recorrer las obras que Carlyle, Emerson o Merejkowsky han dedicado a los “héroes”,[2] esas figuras representativas que encarnan soberanamente un ideal y compendian toda una época de la historia: ni un solo músico encontraremos mencionado.
Y es porque, desgraciadamente, la sensibilidad musical es aun una facultad rara, y para muchos aparece inconcebible que los sonidos sean capaces de expresar los más sutiles matices del pensamiento y de la emoción con la misma exactitud que las palabras, las líneas o los colores. Así no debemos extrañarnos que, aunque se reconozca en Beethoven universalmente a un genio de la música, se esté muy lejos de hacerle verdadera justicia en cuanto al valor ideológico de su obra.

Según los autores citados más arriba, en Goethe y en Napoleón encontraremos representado, en pensamiento y en acto, el ideal humano incubado el misterioso cataclismo espiritual que fue la Revolución Francesa. El músico queda excluido; y no obstante, el individualismo heroico, el estoicismo ardiente inspirado en los modelos de Plutarco, el sentimiento sublime de la fraternidad universal, todo ese mundo de generosas y exaltadas esperanzas, en la obra de Beethoven lo hallamos compendiado con más pureza que en Goethe y más fuerza que en Napoleón.
Cosa difícil de admitir es esta para quienes no ven, en una sonata o en una sinfonía, otra cosa que una combinación más o menos agradable de notas y de ritmos. El sentido profundo les escapa, y creen alucinados a quienes descubren en ellas sentimientos sublimes y conceptos trascendentales. Estos escépticos tal vez encontrarán la clave del arte de Beethoven si meditan su vida incomparable.
Porque Beethoven, como dice Romain Rolland, no es sólo un músico, sino “la fuerza más heroica del arte moderno, el más grande y el mejor amigo de cuantos luchan y sufren”. El hombre y el artista están a igual altura: la vida y la obra se complementan e iluminan.
Rara vez una vida heroica fue moldeada por los golpes del destino con igual majestad. Beethoven, miserable y enfermo, aislado de todos, y escribiendo su “Himno a la alegría”, tiene mayor grandeza que Napoleón doblegando toda la Europa bajo su cetro victorioso.
La vida de Beethoven es como el evangelio del verdadero artista. Al leerla, llega hasta nosotros el estremecimiento sagrado que emana de la tragedia de los distintos sobrehumanos.
II. Beethoven y Goethe
Es un espectáculo que hace reflexionar, el que presentan estos dos genios, cumbres de su tiempo, que unidos un momento por la amistad encantadora de Bettina Brentano, se alejan luego a causa del divorcio inevitable de dos temperamentos opuestos.
“En Toeplitz, escribe Goethe a Zelter, he conocido a Beethoven, cuyo talento prodigioso me ha asombrado, pero que, desgraciadamente, es un ser indomable. Cree que este mundo es una invención detestable y aunque semejante punto de vista sea justo, no es el más a propósito para hacer la vida llevadera a Beethoven mismo ni a los que lo rodean”. El gran escritor atribuía esta peculiaridad del carácter de Beethoven a la progresiva sordera que amargaba su existencia; pero las razones profundas que determinaban esta actitud en frente a la vida, es muy poco probable que escaparan a su vista penetrante.
Para otros, el humor turbulento del músico y su visión aguda y realista del sufrimiento humano, es una resultante característica de su ascendencia flamenca; pero el concepto de la vida que se desprende de la creación beethoveniana tiene un alcance más general y filosófico, en el cual debemos buscar la verdadera razón de antagonismo que lo separaba del genio de Goethe más bien que en razones materiales que resultan demasiado simplistas y pueriles.
Se ha calificado siempre de “olímpico” el genio de Goethe, y para muchos, el gran poeta es una especie de Apolo germánico. A los ojos de Eckermann aparecía como un semidiós impasible ante el dolor humano, cuyo sentido él comprende muy de otra manera que los demás mortales. Nutrido de la serena especulación spinoziana, su espíritu se cierne por encima de las imperfecciones y de los accidentes, y reposa en el esplendor simple y reconfortante de las eternas leyes. En el reside lo que denominó Nietzsche el principio «Apolíneo», de la razón luminosa y ordenadora.
Beethoven, en cambio, encarna genuinamente el principio «Dionisíaco», que representa la pasión, lo irracional e infinito, espíritu que exalta las almas entusiastas y hace estallar las revoluciones. Es por esto símbolo de su época mucho más propiamente que Goethe y que Napoleón, que traicionando su «demonio» interior, en su vida no siempre estuvieron de acuerdo con sus principios.
La anécdota que nos muestra a Beethoven encasquetándose el sombrero al paso del cortejo imperial, mientras Goethe, el cortesano, se inclina reverente, es un símbolo. Conocida también es su divisa: “Por encima de todo, amar la libertad”, e igualmente significativas estas palabras que dirige a Bettina: “Me hallo en sociedad como el pez en la arena, que se agita en vano sin poder escapar hasta que una piadosa Galatea lo restituye a la inmensidad del mar”.
En Goethe, el principio del orden se sobrepone a su individualismo fundamental, y este orden cuyas consecuencias políticas repugnan con tal fuerza al espíritu «indomable» de Beethoven, transportado al plano de la vida efectiva crea una segunda razón al divorcio existente entre los dos genios. Goethe domina toda reacción sentimental por un ejercicio continuo de su poderoso carácter, y llega a adquirir, con los años, ese aspecto de impasibilidad juzgado por algunos patrimonios de los espíritus superiores.
Cuando le anuncian la muerte de su hijo, Goethe, sometiéndose a la eterna necesidad exclama: “Non ignoravi me mortalem genuisse”,[3] sabía bien que había engendrado un mortal, palabras que encierran sin duda una sabiduría sublime. Pero no hay menos sublimidad en el paroxismo del dolor que causa a Beethoven el intento de suicido de su indigno sobrino.
La cumbre a donde llega Goethe por su elevada mente, Beethoven la alcanza también por su corazón vasto como el mundo, al través de todos los dolores humanos. De esa región serena y luminosa emanan algunas de sus postreras composiciones, que parecen inspiradas en estas frases dirigidas a la condesa Erdödy, que encierran la experiencia altísima de toda su vida:
“Nosotros, seres finitos que poseemos un espíritu infinito, hemos nacido para el sufrimiento y para la alegría, y se puede decir que los elegidos obtienen, con el sufrimiento, la alegría”.

III. Los tres estilos
Pocos estudios hay más apasionantes para la crítica que el que ofrece esta personalidad poderosa y siempre fiel a sí misma que se desenvuelve indefinidamente al través de una serie continua de hermosas obras. Tímidamente, al principio, somete su inspiración viva y fresca a la elegancia prestada de un arte cortesano, en cuyas formas caducas no podrá contenerse por mucho tiempo su genio turbulento. Ya en la sonata para piano op. 26, la Sinfonía Heroica, en los tres cuartetos op. 59, encontramos al genio que marcha decididamente por su nuevo camino: estas obras en las cuales reconocemos a Beethoven en su fisionomía peculiar, son un punto de partida de lo que ha sido convenido en llamar su segundo estilo.
A este período pertenecen casi todas sus obras que gozan de mayor popularidad, y que muestran más exactamente la imagen del músico que todos conocen. Aquí hallamos a Beethoven “en lucha con el mundo para hacer al mundo mejor”, noble e impetuoso, abrumado a ratos por la tristeza o bien exaltado por la embriaguez de una incontenible alegría, lleno de ingenuidad en medio de su fuerza prodigiosa y heroica. El “Espíritu de la tierra” cuyo esplendor Fausto no puede contemplar, reside en su alma titánica: en el poderoso dinamismo que precipita los ritmos de algunas obras se cree sentir la presencia de una fuerza elemental formidable que estalla y arrastra como una tempestad. En otras, hay la calma serena de las montañas y de los árboles, un sentimiento religioso de la vida sencilla y beatífica que alienta en la naturaleza que tanto amaba.
A medida que avanzamos en las obras de este período, el más extenso en su producción, notamos una evolución continua hacia una forma de expresión más rica y más libre, pero llega un momento en que el hilo conductor se interrumpe, y nos encontramos de improviso maravillados delante de la transfiguración final del genio de Beethoven que produjo esas obras incomparables que son las cinco últimas sonatas para piano y los cinco últimos cuartetos.[4]
No es fácil descubrir el enigma que encierran estas obras, que justifican las palabras del poeta Grillparzer sobre la tumba de su autor: “Beethoven ha llegado hasta el punto donde el arte y aun el pensamiento hacen alto”, y que cien años después de su creación todavía se mantienen muy por encima de la compresión común. Su técnica, sin duda más compleja que la de sus composiciones anteriores, no puede darnos la clave; hay aquí un nuevo acento, profundamente espiritual e íntimo, que nos habla de los milagrosos florecimientos que un dolor sobrehumano es capaz de producir en un alma de tan prodigioso temple. Preferimos aquí ceder la palabra a Lenz,[5] que en una obra célebre, ha logrado a nuestro juicio mejor que ninguno, revelar la esencia de lo que constituye el tercer estilo beethoveniano:
“Se podría comparar la tercera manera de Beethoven, dice este autor, a la segunda parte del Fausto de Goethe. El conjunto de este estilo, de esas ideas tan excepcionales, es a su segunda manera lo que la segunda parte de la gran concepción de Goethe es a la primera. Es el genio que construye con sus sueños su propio cielo. Los afectos presentes no desempeñan ya el rol predominante: el poeta se detiene ante ellos como nos detenemos ante un recuerdo. La tercera manera de Beethoven es un juicio dado sobre el cosmos humano, no ya una participación a sus impresiones.
Los últimos cuartetos no son otra cosa que el cuadro de la vida del justo, de los recuerdos de su paso por la tierra, recuerdos confusos como son los recuerdos de una cosa tan frágil y tan múltiple como es la humana existencia una vez que se ha dejado atrás en el camino. El maestro escribirá las cinco últimas sonatas para piano en ese estilo de mística revelación, que es toda su tercera manera. Las ideas de Beethoven, tales como ese estilo tan excepcional las presenta, son siempre complicadas; son la manifestación de su pensamiento cuando pertenecía a una vida que transcurre por completo fuera de la existencia real”
Rara vez en el arte se alcanza a esta altura en que el dolor humano se dilata hasta un plano de cósmica grandeza, y logra, por su propia inmensidad, la bienaventuranza. Si queremos buscar ejemplos que sean dignos de ponerse junto a las últimas obras de Beethoven, sólo podremos encontrarlos en la obra sublime de Juan Sebastián Bach.
IV. A un siglo de distancia
Debussy fue el primero que escandalizó a sus contemporáneos haciendo duras críticas a diversas obras consagradas del maestro. Estas críticas se han multiplicado en la actualidad hasta el punto que no hay snob que no juzgue ya de muy mal gusto admirar a Beethoven.
¿Cuál es el fundamento de este momentáneo desprestigio que encuentra, en las actuales tendencias de la música, la creación beethoveniana? Se dice que ella no responde, ni por su fondo ni por su técnica, a nuestra nueva manera de sentir. Se reprocha a Beethoven de ser “más grande hombre que músico”, de “tener la monotonía oratoria de lo sublime”, de “que su fuerza llega a ser a veces insoportable” que “desdeña el encanto y la elegancia” de “no salir jamás de sí mismo ni de sus pasiones, admirables sin duda, pero poco variadas” de “no expresar jamás sino su propio drama”.[6]
De estos juicios, bastante rigurosos, en los cuales no obstante existe una salvedad respecto de las sonatas y de los cuartetos del último estilo, donde “la elocuencia continua deja lugar a la emoción continua, y donde el sentimiento rompe las reglas y libera las formas” podemos formarnos idea clara de la posición que ocupa el arte beethoveniano en nuestros días. La tendencia moderna le reprocha, por una parte, su falta de refinamiento técnico, la monotonía rítmica y la insistencia tonal, y por otra la expresión íntima de su “propio drama” que choca a la concepción objetiva y antirromántica del arte actual.[7]
Es este sentir casi unánime, cuyo valor tendríamos derecho de juzgar con la misma rigurosa medida que se ha empleado para criticar la obra de Beethoven. Pero comprendemos que esto nos llevaría a cometer iguales errores de apreciación, que resultan inevitables si se adopta un punto de vista absoluto para juzgar las obras de arte de épocas diferentes.
Como dice M. Maurice Boucher,[8] existe una actualidad espiritual que se refleja en la creación artística de cada tiempo. Las fluctuaciones de estas corrientes espirituales a través de la historia, explican el disfavor o el auge que alcanzan en una época las obras de un arte anterior, según respondan o no, por algún aspecto, al sentir peculiar de esta época.
Hay épocas como la presente, en que la vida fluye al exterior, y se diversifica en lo visible y lo aparente, y nada impide creer que a esta época suceda otra de mayor concentración e interioridad, en la cual la obra de Beethoven recobre nuevamente el prestigio espiritual que constituye en gran parte su valor y significado.
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[1] “El resultado de nuestros métodos eruditos en una historia del arte de la cual queda excluida la historia de la música. La historia del arte constituye un elemento esencial de toda buena educación en cambio, la historia de la música es cosa de especialistas. Pero esto es lo mismo que si quisiéramos escribir la historia de Grecia excluyendo a Esparta. Así la historia del arte se convierte en una falsificación de buena fe” (La decadencia de Occidente).
[2] On héroes; Representative men; Compagnons éternels.
[3] [Nota del editor] “Siempre he sabido que soy mortal”, `palabras que Marco Tulio Cicerón pronunció frente a sus verdugos.
[4] La Novena Sinfonía y la Misa en Re, también de esta misma época, no representan a nuestro juicio con tanta pureza y elevación como estas obras el último aspecto beethoveniano.
[5] Beethoven et ses tríos styles. [N.del E..Se refiere a la biografía escrita por Wilhelm von Lenz]
[6] André Suarés. -Vues sur Beethoven. Rev. Musicale.
[7] Ortega y Gasset llama impropiamente a esta tendencia “deshumanización del arte”.
[8] L’actualité spirituelle -Rev. Musicale- Decembre. 1926.
Revista Musical Chilena, 1945, Vol 1. Núm.2, pp. 7-11