Benoist-Ménchin- La musique et l’immortalite dans l’ouvre de Marcel Proust. Simon Kra, Ed. 1926

  Marsyas, 1927, No.1, p.38-40     Crítica

Ya André Coeuroy advirtió sagazmente que el papel que juega la música en la obra de Marcel Proust no es meramente episódico, como sucede en d’Anunzzio y en otros escritores conocedores de este arte, sino esencial hasta el punto de construir la base íntima de su técnica literaria.[1]

En la inmensa trama de la obra de Proust, este crítico descubre como un trasunto de la orquesta wagneriana, múltiple a la vez que ordenada por la red invisible de los leit-motive [sic.], observación que resulta particularmente notable en “Un amor de Swann”, donde toda una sutil psicología pasional encarna, evoluciona y sufre las vicisitudes de la célebre frase de “La Sonata de Vinteuil”.

La obra reciente de Benoist-Ménchin, que encabeza estas líneas, viene a profundizar aun más la relación que existe entre el arte musical y la concepción proustiana. Su maravilloso cuadro de la vida subconsciente que fluye y se transforma al través del tiempo, es para este autor, tanto por su fondo como por su medio de expresión, de esencia musical. En “La recherche du temps perdu” dice,[2] la música presenta, de cierta manera, el rol de dato directo de la metafísica. Ella es, junto con la memoria, la fuente de donde ha brotado toda la obra. Las páginas en que Proust nos habla de ella, son los puntos culminantes desde donde se descubre el sentido profundo de su psicología y de su ética. Ella sitúa Proust el “Paraíso” de su obra.[3]

Su estilo, tan sorprendente, creado por las necesidades complejas de su expresión psicológica, tiene para Benoist-Ménchin un estrecho parentesco con la música, relación que desentraña hábilmente en los párrafos que siguen:

“Proust poseía un espíritu demasiado rico para limitarse a un sistema: sabía que toda especulación es fácil si consiente en sustraerse a la consideración de lo real. Esta sumisión a lo real es una de sus preocupaciones más constantes. No admite un conocimiento de sus preocupaciones más constantes. No admite un conocimiento que se obtenga prescindiendo de uno de los datos de esta realidad. Y bien, el leguaje consiste justamente en ‘resolver el devenir en sus principales momentos, cada uno de los cuales se sustrae, por hipótesis, a la ley del tiempo’.[4] He aquí lo que Proust no podía consentir.

Es pues, contra sus propios instrumentos, desde luego, con lo que tuvo que emprender una lucha heroica. El lenguaje que se forjó no lo pudo obtener sino haciendo estallar la sintaxis ordinaria, alargando los períodos, amontonando las conjunciones, las frases subordinadas, suavizando las transiciones, adoptando el vocabulario especial de los diferentes dominios de las ciencias y de las artes”.[5]

Y en otra parte: “Su estilo, con floración incesante de incidentes, con sus largos períodos semejantes a las largas tiradas de arco sobre las cuerdas de un violoncello, concluye por imitar inconscientemente la progresión musical, cuya cadencia final da retrospectivamente sentido al trozo entero. Es porque, detrás de las palabras y los arabescos del pensamiento, es fácil adivinar la presencia incesante de una música velada y no obstante imperiosa. Ella es la que da a tantas páginas de “Jeunes filles en fleurs” su carácter ligado,[6] su ritmo fluido e indolente, en el cual se incorpora, contacto inaudito, la ondulación de las imágenes. (Esto hace que su estilo no sea el mismo que el del siglo XVII. Las palabras pueden ser iguales; pero más allá de las palabras hay una melodía continua, casi puede decirse bergsoniana, de Wagner, no el bajo fundamental de Rameau).[7]

Así como en la música encontramos la clave íntima de la estética proustiana, ella también según el autor que nos ocupa, nos revela el fundamento ético de su obra, su aspiración última, su “Paraíso”. De aquí el extraño título de “La música y la inmortalidad”, cuya relación no es fácil de adivinar en el primer momento.

La música, en el concepto proustiano-bergsoniano, nos franquea las barreras que la pluralidad aparente del universo coloca entre las creaturas. Por ella entramos en comunión con la totalidad de los seres, comprendemos lo real, y vivimos instantes que nos garantizan nuestra inmortalidad. Oigamos al mismo Proust:

“De la misma manera que existen algunos seres que son el último testimonio de una forma de vida que la naturaleza ha abandonado, me preguntaba si la música no era el último ejemplo, -si no hubiera existido la invención del lenguaje, la formación de las palabras, el análisis de las ideas, -de la comunicación de las almas. Es como una posibilidad que no se ha realizado; la humanidad se ha dirigido por otros caminos: el del lenguaje hablado y escrito, pero esa vuelta a lo no analizado era tan embriagadora, que al salir de este Paraíso, el contacto de los seres más o menos inteligentes me parecía de una insignificancia extraordinaria. ¿Qué eran sus palabras comparadas con la frase celestial con la cual había conversado? Yo era, verdaderamente, un ángel caído de las embriagueces del Paraíso”

“Un paraíso no lejano y metafísico, agrega Benoist-Méchin, sino un paraíso accesible a cada instante a nuestros deseos. La ‘patria perdida’ que cada uno lleva en sí, hacia la cual el artista nos conduce por medio de su arte, y que es al mismo tiempo la patria perdida de todos”.[8]

***

 

[1] La musique dans l’oeuvre de Marcel Proust. Revue musicale, 1 Janvier. 1923.

[2] [Nota del editor] En búsqueda del tiempo perdido.

[3] Pág. 34.

[4] Pág. 37

[5] Pág. 41

[6] [Nota del editor] Se refiere a la novela de Proust “A la sombre de las muchachas en flor”

[7] Bergson, L’evolution créatrice.

[8] Pag. 125


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Autor
Carlos Humeres Solar