Hoffmann

  Marsyas, 1928, No.10, pp. 368-370   Artículo

¿Qué soy, un músico, un pintor o un poeta? Se pregunta durante su extraña vida Teodoro Hoffmann, y ni él ni sus amigos encuentran nunca una respuesta satisfactoria.

Su temperamento artístico excepcional traduce la turbulencia romántica que lo agita, igualmente en la orquesta o en la narración, y el sentido de la ironía, ese aspecto complementario que se halla siempre en las naturalezas exaltadas, se expresa con rasgos incisivos en sus dibujos y en los caracteres grotescos de sus cuentos. En la tensión extrema de su espíritu, en que bullen juntas las más diversas emociones o en sonidos, y mucho antes de Baudelaire o Rimbaud, descubre entre las cosas las más imprevistas correspondencias.

“En el estado de delirio que precede al sueño, escribe, y sobre todo cuando he escuchado gran cantidad de música, se produce en mí una confusión entre los colores, los sonidos y los perfumes. Es como si los unos y los otros nacieran indistintamente de un mismo rayo luminoso, y se unieran luego para formar un maravilloso concierto. El perfume del clavel rojo obscuro obra en mi espíritu con una potencia extraordinaria y mágica. Caigo involuntariamente en un estado de ensueño, y escucho entonces, como una gran lejanía, los sones de un corno que crecen y se debilitan alternativamente”.

Pero esta inagotable riqueza emotiva, en lugar de constituir su fuerza, fue la causa de su limitación, y la tragedia oculta de su vida. Ella lo indujo a derrochar su genio por todos los caminos, de los cuales en ninguno alcanzó al término. ¿Quién conoce a Hoffmann músico, al autor de la ópera Ondina, sino algunos pocos eruditos?[1] Y sin embargo, al igual que Weber, fue en este género un precursor de Wagner, que se le anticipa al formular con claridad y justeza los verdaderos principios del drama musical.

También muchos ignoran que en su papel de crítico fue el único en su tiempo en comprender el genio de Beethoven. Del gran maestro, desdeñoso de la crítica, merece Hoffmann en 1820 una carta agradecida y llena de entusiasmo.

De esta manera, Hoffmann aparece en la historia del arte como una de esas curiosas personalidades cuyo significado supera en mucho al valor de sus obras consideradas aisladamente. Músico-poeta, intenta realizar en “Ondina” la fusión de dos artes, y siembra ideas que más tarde ayudarán a Wagner. Poeta-músico, nos muestra en sus cuentos el compendio de la sensibilidad musical de su tiempo, feliz transposición en que estriba el mayor poder sugestivo de su arte literario. Porque, según lo ha reconocido un crítico penetrante, el sentido fantástico de Hoffmann es de esencia musical. La música es para él un puente que relaciona armoniosamente la realidad inmediata con un plano sobrenatural, pavoroso o deslumbrador. Y así, es en los cuentos en cuyo asunto juega un papel la música. Donde su pluma invariablemente alcanza a mayor altura.

Ya es “El caballero Gluck”, en donde el espectro del gran compositor se expresa en un lenguaje sutil y enigmático, más propio de la música que del arte verbal, o bien “Don Juan” en que la partitura de Mozart, más que la leyenda, lleva a Hoffmann a concebir una de las páginas más hermosas y profundas que se hayan escrito sobre la psicología del héroe tan discutido en nuestro tiempo; o “El Consejero Krespel”,[2] historia trágica de un ser predestinado a los goces sublimes de la música, y que por ella es arrastrado fatalmente hacia la muerte; y por último, “El Mayorazgo” donde nos narra las peripecias de un amor imposible,[3] exaltado por la influencia de la música como por el insidioso filtro que embriagó a Tristán.

Para muchos, estas historias aparecerán solamente como el fruto de una imaginación enfermiza y hasta pueril. Sonreirán del pavor religioso que sobrecoge a Hoffmann en presencia de Gluck, como ante un semidios inspirado, mensajero de una región más alta y sobrenatural; e igualmente de su concepto dionisíaco del arte de la música, que pone en juego las más ocultas fuerzas de la vida y de la muerte, y que señala a sus elegidos con los esplendores de un destino bienaventurado o trágico.

El hombre de nuestros días, que tempera su sensibilidad en el esfuerzo rudo de los “stadiums” y de los “rings”, huye por instinto de esta región malsana en que se mueven musicalmente las creaturas que advino el ensueño de Hoffmann y de, Edgardo Poe. Prefiere las obras de ingeniería, claras saludables y rectilíneas, a esas misteriosas lagunas “que producían hermosas fiebres”, como dice un personaje de Barrés; y al suave recogimiento crepuscular en que el espíritu se dilata al par que las sombras que proyectan hasta el infinito, antepone la insolación meridiana, que tonifica el cuerpo y anula nuestra sombra…

***

 

[1] No se caiga en el error de atribuir a Hoffmann la opereta de Offenbach “Cuentos de Hoffmann”.

[2] Traducido también bajo estos nombres: “El violín de Cremona” y “El canto de Antonia”.

[3] En algunas traducciones “La puerta murada”.


Compartir  

Autor
Carlos Humeres Solar