La Música en el Renacimiento

  Marsyas, 1927, No.3, pp. 87-94   Artículo

La Música en el Renacimiento

Marsyas, 1927, No.3, pp. 87-94

 

Se puede afirmar con certeza que en ninguna época la música fue más general y profundamente comprendida como durante los siglos XV y XVI. En la universalidad de conocimientos que suponía entonces una buena educación, ella encontraba un lugar preferente: todo caballero, como recomendaba Baldazare Castiglione en su “Cortigiano”, debía estar en situación de leer una partitura a primera vista, y poseer la técnica de diversos instrumentos. Así, no debe sorprendernos el hecho anotado por Burckhart de que los virtuosos y aficionados formaban legión,[1] y que en cada palacio existían riquísimas colecciones de instrumentos que se utilizaban de continuo. La música presidía todos los momentos de esa vida suntuosa y refinada.

Para las ceremonias del culto, Palestrina, Victoria, Gabrieli y tantos otros genios creaban un mundo sonoro de tal nobleza expresiva y refinamiento de forma, que ha quedado al través de los siglos como un modelo sin imitación posible. Las fastuosas fiestas mitológicas, imaginadas muchas veces por artistas como Leonardo de Vinci, tenían siempre, como elemento indispensable, la música de los coros y de los instrumentos; y en esos ostentosos “triunfos” en que se complacía el orgullo de los monarcas, era también parte esencial el cortejo de los músicos.[2] Y por fin, los cronistas y los pintores nos han conservado el recuerdo de esos conciertos íntimos que se realizaban con tanta frecuencia en el interior de los palacios o en los jardines.

Nunca, como entonces, ha habido un mayor número de inteligentes mecenas. Todos los príncipes y soberanos rivalizaban en este punto, pues nada se consideraba más propio a dar lustre a una corte como una selecta capilla regida por un músico de fama. En Florencia, Lorenzo de Medicis fundó una “Escuela de Armonía” a la cual perteneció el ilustre humanista Marsilio Ficino. Pedro de Medicis y el Papa León X heredaron de su padre extraordinarias disposiciones para la música. el Emperador Maximiliano es llamado por uno de sus biógrafos “musices singularis amator”,[3] y en el grabado de la época, que reproducimos, se muestra en medio de los músicos, entregado a su pasión favorita. Carlos V se distinguió igualmente por la protección que dispensó a los músicos. Su organista fue Antonio de Cabezón, y famosa era en todo el mundo su capilla de cantores. Los historiadores nos cuentan que recluido en Yuste, tomaba parte en unión de los monjes en la ejecución de los cánticos sagrados, y seguía con profundo interés la obra de todos los grandes polifonistas de su tiempo.

Felipe II cuidó personalmente de la organización de la capilla del Escorial, y en él Tomás Luis de Victoria encontró un decidido protector. La reina Isabel de Inglaterra era considerada como una instrumentista eximia, y los grandes músicos de su tiempo, Byrde, Bull, Gibbons, le dedicaron sus obras escritas para “virginal”.

Por fin, terminaremos esta enumeración que se podría extender considerablemente, mencionando a Francisco I, el rey galante, que también era un apasionado de la música, y que fue el primero que organizó en su palacio, además de la obligada capilla, un cuerpo de músicos “d’appartement” o sea de cámara, con el astuto propósito, según afirma el cronista, de que las damas de la corte pudieran venir con este pretexto a su presencia, sin las complicaciones ordinarias del ceremonial cortesano.

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Pero es sobre todo al estudiar la relación estrecha que hubo entre la música y las demás artes en el Renacimiento como podremos tener una idea de la influencia profunda de la música en la sensibilidad de esa época.

Para Spengler, en el siglo XVI se verificó en la pintura una revolución esencial con el descubrimiento del espacio y de la perspectiva. Con ella nació esa ciencia de la composición pictural, de la disposición armónica de los cuerpos en el espacio. Leonardo identificó estas leyes de la composición pictórica con las leyes de la música, al decir en su “Tratado de la pintura”: “¿No sabéis que nuestra alma está hecha de armonía, y que la armonía se engendra de la simultaneidad y la proporción de los objetos que se ven o que se oyen?” En lo cual concuerda Spengler: “El Renacimiento llevó la composición de los grupos a tal altura, que ha seguido siendo un modelo para los siglos posteriores; más ese orden nacía del espacio, y en sus últimos fundamentos era como una música suave que con su ritmo invisible acompaña en la lejanía todas las resistencias de la luz, que la mirada inteligente concibe como cosas, como seres”.[4]

Walter Pater también afirma en su admirable estudio sobre “La Escuela de Giorgione” que “un arte semejante aspira a las leyes y a las condiciones de la música”,[5] y esta relación aparece tan evidente, que Taine, para describir la Crucifixión de Tintoretto, emplea instintivamente comparaciones musicales, y nos habla de “escenas secundarias que son como una armonía grandiosa que sostiene un canto lleno y penetrante” y de grupos de figuras que se contrapesan bellamente en la misma forma que “un coro responde a otro coro”.[6]

Todo esto plantea el apasionante problema estético de las relaciones que guardan entre sí los principios de las diferentes artes, ya que, aún en una época de maravilloso desarrollo de la técnica específica como fue el Renacimiento, convergen hacia una unidad fundamental. Más no es por ahora nuestro propósito estudiar esta cuestión, y solo queremos hacer notar que el nexo de unión entre la música y la pintura en el Renacimiento es más profundo de lo que puede aparecer a primera vista. Pero aun una mirada superficial bastará para convencer de la importancia que los pintores de este tiempo concedían al arte de la música.

Citaremos a este respecto nuevamente a Leonardo, que en su obra ya mencionada, en un admirable paralelo entre la música y la pintura dice: “La música no debe llamarse de otra manera sino la hermana de la pintura”. Sabido es que el gran pintor poseía una hermosa voz, que cantaba acompañándose con diversos instrumentos, y que a la corte de Ludovico Sforza, su protector, entró primeramente no como pintor, sino en calidad de músico “sonatore di lira”.

Los pintores de la escuela de Venecia son también singularmente afectos al arte musical. “Para la escuela de Giogione, dice Pater, los hermosos momentos de la música que se hace o que se escucha, el canto de las voces o de los instrumentos, son los asuntos favoritos. En medio del silencio de Venecia, tan impresionante a los oídos del viajero, el mundo de la música italiana estaba entonces en formación. Por la elección del asunto, como por todos los detalles, el Concierto del Palacio Pitti es bien característico de todo lo que ha sufrido la influencia de Giogione, que fue también un músico de talento.  En los dibujos como en los cuadros de las diversas colecciones, encontramos este mismo tema tratado en muchas formas diferentes. Personajes que desfallecen al son de la música; música a la orilla de un estanque durante una partida de pesca; música que se mezcla al murmullo del cántaro que se sumerge en un pozo; música que se oye en la otra ribera de una corriente cristalina, o música que suena en medio de los ganados que pacen; o bien son los instrumentos que se afinan y los rostros atentos de los músicos, que, semejantes a los de Platón describe en un pasaje ingenioso, aguzan el oído al más pequeño intervalo de sonido, a la más pequeña ondulación del aire, o suenan sobre un instrumento sin cuerdas y parecen afinar infinitamente sus oídos, sus dedos, en una ardiente deseo de dulce música; o bien, por fin, es talvez la sola nota de un instrumento en el crepúsculo, que se escucha en una sala desconocida, en medio de personas halladas por casualidad”.

Estas bellísimas frases del gran esteta inglés, cuya armonía es casi imposible de traducir fielmente, a la vez de mostrarnos la importancia que los pintores atribuían a la música, nos revelan el sentido de íntima gravedad con que este arte se ligaba a la existencia de los hombres del Renacimiento, aspecto sobre el cual insistiremos más adelante.

Tiziano, Vernones, Bassano y Tintoretto nos legaron cuadros admirables cuyo asunto se haya tomado de la música; y es un verdadero símbolo del espíritu que animó toda esta escuela el hecho de que, en las Bodas de Caná del Vernones, los cuatro grandes pintores aparecen representados como los músicos que con el conjunto armonioso de sus instrumentos realzan la noble gravedad de la Sagrada Fiesta.

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Ya los escritores del siglo XIII muestran por el arte de la música ese interés que durante el Renacimiento puede considerarse que fue la regla general.

Nos podemos resistirnos a copiar estos versos del maestro Gonzalo de Berceo, que en medio de su ingenuo encanto de obra de primitivo, denotan un profundo conocimiento del arte de la polifonía, entonces en pleno trabajo de formación:

Yo maestro Gonzalvo de Berceo nomnado,

Iendo de romería caecí en un prado

Verde e bien sencido, de flores bien poblado,

Logar cobdiciaduero para omne cansado.

……………………………………………………………….

Yaciendo a la sombra perdí todos cuidados,

Odí sonos de aves dulces e modulados:

Nunca udieron omnes órganos mas temprados,

Nin que formar pudiessen sones mas acordados.

Unas tienen la quinta, e las otras doblaban,

Otras tienen el punto, errar non las dexaban,

Al posar, al mover todas se esperaban,

Aves torpes sin roncas hi non se acostaban.

Non serie organista ni serie violero,

Nin giga nin salterio, nin manodorotero

Nin instrument nin lengua, nin tan claro vocero,

Cuyo canto valiesse con esto un dinero

 

El Dante, cuya obra comprendía toda la ciencia y la filosofía de su tiempo, refleja también en forma perfecta todo aquello que a la música se refiere. En los diversos lugares de su Divina Comedia y de las obras menores, como lo ha mostrado admirablemente Arnaldo Bonaventura,[7] aparece un cuadro completo de todas las formas musicales, monódicas y polifónicas, sentidas al través de un temperamento exquisitamente musical, que penetra toda su obra y modela su maravilloso estilo.

Bocaccio escribe en su “Vita di Dante” que “sommamente si diletto in suoni e canti nella sua giovinezza e a ciascuno che a quei tempo era ottimo cantore e sonatore fu amico ed ebbe sua usanza”,[8] y Francesco Filelfo afirma que el poeta tenía hermosa voz, y que tocaba hábilmente algunos instrumentos con los cuales en la vejez consolaba su soledad.

En su “Convivio” se encuentran estas líneas que ya encierran la esencia de lo que constituye la estética renacentista: “El hombre llama bellas a aquellas cosas cuyas partes tienen la debida proporción, pues de su armonía resulta agrado: de donde, un hombre parece bello cuando sus miembros tienen la debida proporción; y decimos ser bello un canto cuando las voces, según las reglas del arte, responden unas a otras debidamente”.

Dijimos que en el siglo XVI la afición de los escritores por la música fue regla general, y ahora vamos a probarlo con algunos ejemplos ilustres, escogidos entre muchos.

Rabelais, en medio de su turbulencia satírica, se muestra un perfecto conocedor en materias musicales.[9] Su Gargantua “Chantait musicalement a quatre et ciq parties, ou sus un theme á plaisir de gorge”. En una de esas interminables enumeraciones humorísticas en que tanto se complace, nos menciona el nombre de 58 compositores, muchos de ellos ilustres, como Josquin, Ockeghem, Obrecht, de la Rue, Gascoigne Loyset Compere, Constantino Festi, entre los antiguos, y a Willaert, Jannequin, Arcadelt, Certon, Morales, etc., entre sus contemporáneos. A estos últimos los pone en escena en “un jardín secret, soulz belle feuillade” rodeados de toda clase de viandas suculentas, y cantando en coro “mignonnement” una canción que es más prudente no citar.

La escuela de Ronsard trata de realizar la fusión de la música y de la poesía. En su “Abregé de l’art poétique” escribe Ronsard que “La poesía sin los instrumentos o sin el encanto de una o más voces, no es en absoluto agradable, de la misma manera que los instrumentos cuando no van acompañados por la melodía de una voz grata”.

Cumpliendo este deseo, una legión de grandes músicos bordaron de la filigrana de su polifonía los poemas de Ronsard. Bastará que mencionemos a Rolland de Lassus, Jannequin, Goudimenl, Philippe de Monte, Claude Le Jeune, Guillaume Costeley.

En el prefacio de una obra dedicada al rey Carlos IX, Ronsard hace a este monarca una elocuente apología de la música, de la cual extractamos las frases siguientes:

“Así como la piedra de toque sirve para conocer el oro bueno y el malo, así los antiguos distinguían por la música los espíritus generosos y magnánimos de los que se hallan embrutecidos y han olvidado la celeste armonía de los cielos.

¿Cómo podríamos simpatizar con un hombre que odiara los acordes? Un ser semejante no es digno de ver la dulce luz del cielo, pues no honra a la música, como una parte de aquella que (como dice Platón) agita todo este grande universo”.[10]

La obra de Shakespeare está sembrada de pasajes que nos revelan su sensibilidad musical y la comprensión profunda de las leyes de este arte.[11] Copiaremos aquí solamente, por su característico significado estético, este fragmento del “Mercader de Venecia”: “No hay ninguna de las órbitas que tú ves, ni aun la más pequeña, que en sus revoluciones no cante como un ángel, haciendo coro a los querubines de ojos infantiles. Semejante armonía existe para las almas inmortales; pero mientras esta caduca envoltura de barro nos aprisione, no podemos escucharla”.

Este mismo pensamiento hallamos expresado en la sublime “Oda a Salinas” de Fray Luis de León:

 

El aire se serena

y viste de hermosa y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música extremada

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

mi alma que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino,

y memoria perdida

de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,

en suerte y pensamiento se mejora;

el oro desconoce

que el vulgo ciego adora,

la belleza caduca engañadora,

Traspasa el aire todo

Hasta llegar a la más alta esfera,

Y oye allí otro modo

De no perecedera

Música, que es de todas la primera.

Ve cómo el gran maestro

a aquesta inmensa citara aplicado,

con movimiento diestro

produce el son sagrado

con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta

de números concordes, luego envía

consonante respuesta,

y entrambas a porfía

mezclan una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega

por un mar de dulzura, y finalmente

en él así se anega,

que ningún accidente

extraño o peregrino oye o siente.

¡Oh desmayo dichoso!

¡oh muerte que das vida! ¡o dulce olvido!

¡durase en tu reposo

sin ser restituido

jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo

gloria del Aplíneo sacro coro,

amigos, a quien amo

sobre todo tesoro;

que todo lo demás es triste lloro.

¡Oh! suene de continuo,

Salinas, vuestro son en mis oídos,

Por quien el bien divino

Despiertan los sentidos,

Quedando a los demás amortecidos.

 

***

 

El sentido íntimo del mundo sonoro creado por el Renacimiento se refleja en las obras y pensamientos que inspiró a poetas y a pintores.

Nos habla elocuentemente desde la misteriosa penumbra del “Concierto” de Giorgione, en el perfil ascético, intensamente iluminado por el fuego interior, del personaje que pulsa el clave con sus dedos afilados y espirituales, y en esa figura juvenil y noble, cuya belleza serena parece evocada por el conjuro potente de la música.

Mas, todo lo que esta obra maestra nos sugiere de un golpe, gracias a ese poder de síntesis “de simultaneidad armónica” que según Leonardo posee solamente la pintura, nos aparecerá más claramente a la luz de la mente analítica de los escritores.

Si examinamos los pasajes citados, desde Dante hasta Fray Luis de León, notaremos que todos se hallan inspirados en un mismo concepto fundamental: en la idea pitagórica o platónica, cuya tradición pasó a través de la Edad Media en las obras de Boecio y S. Isidoro de Sevilla, de que el Ser es belleza y armonía, cuyo reflejo imperfecto hallamos en las cosas creadas, que el alma humana eleva en la obra de arte a una mayor perfección por la reminiscencia que hay en ella de su Divino origen. En este concepto, el arte, espejo de la Eterna Belleza, es para el espíritu humano fuente inagotable de energía purificadora y ascensional.

Es esta idea verdaderamente religiosa de la naturaleza de la creación artística la que impregna todas las obras del Renacimiento de esa incomparable nobleza e íntima gravedad que no han vuelto a encontrar las épocas posteriores. Como alguien escribió, Palestrina representa “el principio Divino que desciende hasta el hombre”, mientras el arte posterior no muestra sino el esfuerzo trágico del hombre que busca, sin guía, el camino perdido de la divinidad, o aun el hombre que reniega definitivamente de su origen divino y se complace en su limitación.

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[1] Jacob Burckardt. -La Civilization enItalie au temps de la Renaissance.

[2] Véase el “Triunfo del Emperador Maximiliano” colección de grabados atribuidos a Durer, documento precioso para el estudio de los instrumentos usados en la época.

[3] [Nota del editor] “un amante singular de la música”.

[4] O, Spengler. -La decadencia de Occidente.

[5] W. Pater. -La Renaissance.

[6] H. Taine. -Voyage en Italie

[7] Arnaldo Bonaventura- -Dante e la musica.

[8] [N. del E.

[9] A. Machabery -Rabelais et la musique.

[10] Véase el No. especial de la Revue Musicale dedicado a Ronsard en mayo de 1924.

[11] Véase Lionel Landry -La sensibilité musicale au temps de Shakespeare – Rev. Musicale. Agosto de 1926.


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Autor
Carlos Humeres Solar