EL 2º Festival Sinfónico de Música Chilena, anteayer en el Teatro Municipal
Anteayer se efectuó en el Municipal el Segundo Festival Sinfónico de Música Chilena, ofrecido como una de las fiestas conmemorativas del centenario de la Universidad de Chile, bajo la dirección del maestro Armando Carvajal.
Tres primeras audiciones constituían el programa de esta velada: “Danza de los Campos Infecundos” de Jorge Urrutia Blondel”; “Concierto en Ré para violín y orquesta” de P. Humberto Allende, y “Cantata de los ríos de Chile”, de Domingo Santa Cruz. Se comprende el interés que existía, de parte de los aficionados, por conocer estas obras, lo cual se patentizó por la numerosa y selecta concurrencia que asistió al concierto.
La composición de Urrutia Blondel, trozo de su ballet “La Guitarra del Diablo”, está construida sobre un solo tema, desolado y obsesionante, que se repite a través de las múltiples peripecias de un desarrollo orquestal variado y de un carácter moderno definido. Tal vez el compositor no evita cierta monotonía en este desarrollo; pero no sería justo pronunciarse definitivamente sobre una música pensada en función de la coreografía.
Humberto Allende, en su “Concierto en Ré”, ha realizado con indiscutible maestría una obra que se ajusta a los cánones tradicionales, clásicos y románticos al mismo tiempo, de este género de composición. El violín-solista está tratado con notable conocimiento de los recursos del instrumento: su parte tiene toda la amplitud, gracia y flexibilidad, que requiere el juego de un virtuoso. La inspiración es noble y sostenida, especialmente en el segundo movimiento, de un tono lírico muy elevado. Hubiéramos deseado que Freddy Wang hubiera ejecutado esta obra con un acento más incisivo y convincente.
La “Cantata de los ríos” de Santa Cruz, la consideramos una de las obras más inspiradas y originales que se hayan producido en Chile. Hay en esta composición un arranque expresivo muy hondo, que arraiga en el espíritu de nuestra tierra, cuyo símbolo, fecundo en bellas proporciones ha encontrado el artista en el “El Maipo”, con su marcha potente que rompe la entraña cordillerana, y el idílico “Aconcagua”, que discurre plácidamente a través de los amenos valles. Con un lenguaje muy propio, y con audacia de auténtico creador, Santa Cruz ha unido en esta obra el coro a la orquesta, no como elementos bien diferenciados que se acompañan o sostienen mutuamente, sino como una masa sonora total, orgánica y fundida, que en su rica y plástica trama es capaz de reflejar su concepción, que alcanza en algunos momentos a una grandiosidad de esencia verdaderamente telúrica.
Debemos señalar en esta magnífica composición su unidad constructiva, que se mantiene reciamente a través de la compleja y cambiante fluctuación del discurso poético.
C.H.S.