Estreno del “Concierto para piano y orquesta”, de Santa Cruz
Música
Estreno del “Concierto para piano y orquesta”, de Santa Cruz
El Mercurio, 27 de junio de 1943
Ayer, la Orquesta Sinfónica, dirigida por el maestro Armando Carvajal, estrenó en el Teatro Municipal un concierto del compositor Domingo Santa Cruz, para piano y orquesta, que su autor ha titulado “Variaciones en tres movimientos”.
Esta obra, que marca un período de plena madurez en este compositor chileno, la juzgamos de tan trascendental importancia no sólo dentro del arte nacional, sino aun de la producción musical de nuestro continente, que nuestra apreciación del momento, que aquí estampamos después de haberla escuchado por primera vez, solo podrá reflejar algunos aspectos de su rico contenido tanto expresivo como de realización sonora.
Hemos seguido la evolución de este músico desde su “Cuarteto” y “Suite para orquesta de cuerdas”, hasta la “Cantata de los ríos de Chile”, que se dio a conocer el año pasado. En cada una de estas composiciones se ha podido ver un temperamento creador bien definido, que cada vez se afirma con mayor decisión, a través de un domino progresivo de medios instrumentales complejos y de inconfundible modernidad. Ahora se ha podido enfrentar con todos los múltiples recursos de la gran orquesta actual, en toda su vasta gama de su refinado colorismo, de sus imprevistas combinaciones tonales que constituyen un nuevo lenguaje en este domino musical. Y, podemos declararlo con absoluta convicción, Santa Cruz ha salido airoso en esta prueba decisiva.
El ”Concierto para piano y orquesta”, instrumentalmente considerado, ofrece una realización magnífica, que está a la altura de los mejores maestros contemporáneos. El instrumento solista y la orquesta están trabajados con segura maestría, obteniéndose en todo momento una clara perspectiva sonora dentro de una trama formal y temática interesantísima, variada y rica en sus detalles, pero sólidamente construida en su conjunto.
Pero no es la maestría, diríamos casi el virtuosismo a que ha llegado Santa Cruz en su arte el que por ahora, en esta breve e improvisada reseña, debe ocuparnos. Las virtudes formales de la gran composición que escuchamos sólo pueden ponderarse en un juicio más detenido, analítico, que rebasaría los límites impuestos a esta primera impresión.
Sólo cabe indicar por ahora la intensa emoción que recibimos al comprobar la trascendencia humana que reside en esta obra. Y esta emoción es justificada, pues en la época desquiciada en que vivimos, este noble acento rara vez se encuentra, aún entre aquellos artistas que gozan de un renombre mundial.
Bastaría mencionar la introducción del primer movimiento y el comienzo del “Andante”, para apreciar este grandioso acento dramático, que rara vez se escucha en estos tiempos de repudio a todo idealismo, a todo contacto fecundo del hombre con las realidades vitales que en otras épocas cimentaron la cultura.
Hay una curiosa aproximación de la música de Santa Cruz en estos momentos, que lo representan más puramente, con la poesía fuerte, humana, elemental de la gran poetisa chilena Gabriela Mistral. Es ésta la vía que Santa Cruz debe seguir, para realizar plenamente todo lo que promete su temperamento genial, con prescindencia de todo aporte extraño, de esta flora parásita en su arte que la ha traído su misma extraordinaria versación en todos los dominios de la música. Afirmarse en sus propias posibilidades, expresar su temperamento patético, violento, rico de fantasía y de sensualismo. Con esto tiene lo suficiente para prestigiar un nombre en la música mundial, y será al mismo tiempo un auténtico músico chileno, para orgullo nuestro.
La ejecución de esta obra, por el maestro Carvajal y la Sinfónica, resultó desde todo punto de vista magnífico, evidenciando de parte del director y de la orquesta su esfuerzo generoso por dar a conocer la producción de Santa Cruz en la mejor forma posible. Hugo Fernández fue el pianista escogido, cuyo vigor, brillo sonoro y precisión rítmica, dieron todo el realce necesario a su parte.
C.H.S.