La música en el sistema de Spengler.

  Marsyas, 1927, No.5, pp. 185-187     Crítica

Spengler, ese espíritu penetrante y vasto al cual la Historia y la Filosofía deben tan originales aportes, ha sido el primero que ha sentido la necesidad de comprender la música en todo cuadro coherente de la cultura humana.

“El resultado de nuestros métodos eruditos, dice en su Decadencia de Occidente, es una historia del arte de la cual queda excluida la historia de la música. La historia del arte constituye un elemento esencial de toda buena educación: en cambio la historia de la música es cosa de especialistas. Pero esto es lo mismo que si quisiéramos abrir la historia de Grecia excluyendo a Esparta. Así la historia del arte se convierte en una falsificación de buena fe”.

Para muchos, la música es un reino misterioso y lejano, fuera de toda contingencia del tiempo y del espacio. La expresión musical se ha presentado siempre como algo absolutamente irreductible a cualquier otra forma de expresión humana. Ya es tiempo de poner fin a esta peligrosa ilusión, a la cual ha contribuido muchas disquisiciones metafísico-poéticas, para hace verdadera justicia al arte musical. Colocada por encima de las estrellas, la música acabó por ser completamente olvidada en el sistema de las artes y de las ideas.

Como todas las cosas del Universo, el lenguaje musical ha sido el producto de una larga y laboriosa evolución. Por largos siglos, la melodía perfeccionó sus recursos; luego, tras los lentísimos progresos del discanto y el falso bordón, se llegó al dominio de la polifonía.

La música armónica, por su parte, desde Monteverde hasta Strawinski ha hecho un complicado y penoso camino. La forma musical o fonoestética lleva siempre la marca de su tiempo, y lo mismo sucede con los sentimientos e ideas que expresa, a los cuales está ligada tan íntimamente como el cuerpo con su alma.

En este punto la obra de Spengler, que dejamos citada, nos proporciona una mina de sugestivas concordancias. La polifonía y la arquitectura gótica son para Spengler dos expresiones de una misma música, la música del espacio, cuyo sentimiento es la característica de nuestro mundo occidental, en oposición al mundo antiguo que tenía el sentido de la limitación plástica. Este produjo la estatuaria “Apolínea”, aquel la música “Fáustica”. La música inicia y precede a la pintura en la conquista espacial. De ella deriva la perspectiva de Leonardo, las sinfonías coloreadas de Giorgione y Ticiano, la ciencia de la composición de Rafael y de Tintoretto.

“La pintura se torna polifónica, colorista, es algo que navega por el espacio infinito. Los colores se convierten en sonidos. El arte del pincel se hermana con el estilo de la cantata y del madrigal”. Y más adelante: “El renacimiento llevó la composición de los grupos a tal altura que ha seguido siendo un modelo para los siglos posteriores: más ese orden hacía del espacio y en sus últimos fundamentos era como una música suave de la extensión, impregnada de luminosos colores”.

He aquí como explica ahora y relaciona el desarrollo instrumental del siglo XVII:

 “El gran problema consiste ahora en dilatar hasta el infinito el cuerpo sonoro, o mejor dicho, en disolverlo en un espacio infinito de sonoridades. El gótico había desarrollado los instrumentos por familias de determinado timbre; ahora aparece la orquesta, que ya no obedece a las condiciones de la voz humana, sino que incorpora la voz humana a las demás voces. Esto corresponde al tránsito que simultáneamente se verifica del análisis geométrico de Fermat al puramente funcional de Descartes”.

“Después de estas formas que pertenecen al primer período pictórico del barroco, vienen en el siglo XVII las diferentes especies de sonata, la suite, la sinfonía, el concerto grosso, con una estructura interior cada vez más fina de las frases, en el desarrollo temático y en la modulación. Así queda fijada por fin la gran forma, con cuyo poderoso dinamismo Corelli, Haendel y Bach hacen de la música un arte perfectamente incorpóreo que afirma su hegemonía sobre todo el mundo artístico occidental. Cuando Newton y Leibnitz, en 1670 descubrieron el cálculo infinitesimal, estaba ya plenamente desarrollado el estilo fugado.  Y cuando en 1740 empezó Euler a formular la concepción definitiva del análisis funcional, hallaron Stamitz y su generación la forma última y más perfecta de la ornamentación musical, la frase en cuatro partes, como pura movilidad infinita. Porque entonces aún quedaba un último paso que dar: el tema de la fuga es, mientras que el de la nueva frase deviene. En vez de una serie de imágenes, se produce ahora una secuencia cíclica”.

Con la música de cámara llega el arte occidental a su más alta cima. El símbolo primario del espacio infinito recibe aquí una expresión tan cumplida y perfecta como el símbolo de la plena corporeidad en el Doriforo de Policleto”.

Bastarán estos sumarios extractos para dar una idea del rol orgánico que para el eminente pensador tiene la música en nuestra alma occidental. Absolutamente compenetrada con las demás artes y con las ideas científicas y filosóficas reinantes, es imposible formarse una idea cabal de una época si se prescinde de la música que en ella se produjo.

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Autor
Carlos Humeres Solar


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