La Semana Santa y la Música
La Semana Santa y la Música
Marsyas, 1927, No.2, pp.53-55
Tiempo de penitencia y de meditación. Durante Siete días, la Iglesia Católica conmemora el Drama Divino en el noble esplendor de su liturgia.
Desde la gozosa procesión del Domingo de Ramos, que simboliza la entrada a Jerusalén, hasta el momento trágico de “las tinieblas” en que el último cirio del vasto candelabro es descendido y llevado a la cripta sepulcral en donde, prende de inmortalidad, permanece ardiendo, ella sigue, hora por hora, todos los actos de la Santa Tragedia, para culminar en los triunfales aleluyas del Sábado de Gloria, cuando ya replegado el velo fúnebre, raudales, de luz, de armonía y de diáfano incienso proclaman por fin la anhelada resurrección.
En todo este complejo edificio, alzado por la piedad secular, en las cuales las artes convergen en el foco inflamado del misticismo, la música es el elemento sutil y precioso que engasta los diversos materiales y los hace brillar en todo su valor.
Ella ritma el silencio sombrío de las horas de duelo con la salmodia desolada de los maitenes, que entrecorta la inmensa polifonía del coro, como un oleaje incesante elevando su clamor: “Jerusalem, Jerusalem, convertere ad Deum tuum”.[1]
Ella también traduce la alegría del Sábado en esas jubilosas aleluyas rituales, que despliegan hacia lo alto sus delicadas volutas, inmateriales como el incienso e irisadas como el resplandor de los cirios.
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La liturgia católica reúne el legado musical de dos grandes épocas: el canto llano de los compositores anónimos de la Edad Media, y las obras polifónicas de los maestros del Renacimiento. Fabuloso tesoro secular, restaurado no muchos años ha, por la obra paciente de eruditos y artistas,[2] y restituido a su esplendor litúrgico por un motu-proprio de Pío X.
Y bien, en ninguna festividad del año, la liturgia, y en consecuencia la música, es más rica y variada que en los Oficios de la Semana Santa.
En Misas de Pasión, la monodia gregoriana, a la cual se confía la palabra del Cristo y del Evangelista, alterna con la voz de las turbas, representada por el coro polifónico; el mismo admirable efecto escuchamos en los maitenes, en donde la salmodia unísona responde el coro con las Lamentaciones y el Misere.
¿Para qué insistir en la belleza casi sobrenatural de las melodías gregorianas que acompañan estos Oficios? Los polifonistas dedicaron también a ellos la parte más sublime de su obra, y bastará que recordemos las “Lamentaciones” de Palestrina sobre el texto del profeta Jeremías, el “Officium Hebdomadae Sactae” de Tomás Luis de Victoria, y los grandes “Salmos penitenciales” de Roland de Lassus.
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La Sociedad Bach, que ha dado a conocer a nuestro público en sus audiciones numerosas obras del arte polifónico, no ha logrado, a pesar de su ejemplo y de sus repetidas protestas, que las autoridades eclesiásticas remedien el abandono injustificado que encuentra en el culto la música religiosa. E igualmente estériles han sido los esfuerzos de algunos elementos cultos y entusiastas de nuestro clero. La rutina eclesiástica es una fuerza negativa particularmente invencible, pues se reviste de los atributos dogmáticos de la infalibilidad y de la eternidad.
En las grandes festividades, con lamentable criterio, se sustituye a las sublimes producciones del genuino arte religioso, ineptos “pastiches” de un Griesbacher, un Haller, un Perossi o un Ravanello, u otros peores que no queremos ni aun mencionar, cuyo estilo varía desde la aridez escolástica de un ejercicio de contrapunto hasta los arrebatos líricos de un Puccini o un Verdi.
Se restringe cada día más el presupuesto de la música, y así las cantorías de nuestros templos principales se despueblan, hasta el punto de que los maestros de capilla solo disponen de una docena de malas voces, reclutados entre los comparsas de la Compañía Lírica, para solemnizar las fiestas más importantes del culto. Se comprende fácilmente que con tales elementos resultaría una profanación, si no fuera de una absoluta imposibilidad, la ejecución de las sublimes partituras de Palestrina, Victoria, Gabrieli, Lassus, Guerrero, Morales, etc.
¿Cómo es posible que la Iglesia descuide cosas de tanta importancia espiritual, y en cambio sea tan pródiga en elevar costosos e innecesarios templos, o en revestir imágenes de suntuosas vestiduras y de joyas?
Olvidan los prelados que tienen la responsabilidad de este culpable abandono, que las cosas que descuidan son, a los ojos de Cristo “las únicas necesarias”, y que es absurdo y hasta idolátrico preferir a ellas el falso esplendor que halaga solamente la imaginación grosera de las multitudes.
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[1] [N. del Ed. “Jerusalén, Jerusalén, vuélvete hacia el Señor tu Dios”]
[2] Esta obra fue llevada por lo Benedictinos de Solesmes en la parte del canto llano y por Haberl, Proske, Bordes, Pedrell, etc., por lo que a los polifonistas ser refiere.